¿Cómo operan los arquetipos?

La trama arquetípica nos toma, nos fascina y tiñe la mayor parte de nuestras acciones y opiniones perpetuando el hechizo una y otra vez. De este modo, atrapados por aquel imán, permanecemos en un estado de adormecimiento en el cual perdemos contacto con el origen real de nuestra alma.

¿Qué son los arquetipos? 

Carl Jung toma este concepto a través de Platón, quien afirmaba que la idea es superior y preexistente a toda fenomenalidad, y lo incorpora al desarrollar el pilar de su teoría; el inconsciente colectivo. El psiquiatra suizo postula que los arquetipos son parte integrante del inconsciente colectivo (una especie de reservorio o memoria de todas las experiencias humanas).

Hoy en día la palabra arquetipo está en boca de todos. Incluso los medios masivos de comunicación se han hecho eco de esta idea. Mucho se habla de ellos pero en igual medida reina la confusión. Erróneamente hay quienes suponen que los arquetipos son modelos identificables y factibles de ser conocidos intelectualmente. No obstante según su etimología, la palabra arquetipo proviene del latín archety̆pus y a su vez del griego ἀρχέτυπος (arjetipon), arjé (principio u origen) y túttoc (tipo, impresión o modelo). Es decir, arquetipo significa primer tipo o sello.  Y aquí aparece el desconcierto. Al intentar comprender la idea del primer sello nuestra mente racional no tolera la paradoja y en consecuencia nos aquejan algunas preguntas; ¿de quién es la mano que se posa sobre él?,  ¿quién ideó el modelo?, ¿existe algo previo?

Al igual que la carta del Tarot “La Rueda”, en la cual la mano que hace girar la manivela permanece oculta, existe un misterio, un aspecto sagrado, numinoso o espiritual en el arquetipo. No es posible entonces definirlo, ya que  (…) “para que se pueda demostrar que una imagen primordial está determinada en cuanto a su contenido es necesario que esa imagen sea consciente, o sea que ya esté llena de material provisto por la experiencia consciente.”[1]

Tomemos por ejemplo un arquetipo muy estudiado por Jung; el ánima. El ánima es una personificación de todas las tendencias psicológicas femeninas en la psique de un hombre como vagos sentimientos, estados de humor, lo irracional, capacidad para el amor, sensibilidad y también su relación con el inconsciente. El ánima, al igual que todo arquetipo, posee su raíz en las imágenes ancestrales sobre lo femenino incluso previas al fenómeno humano. Del mismo modo, “(…) en algún lugar, “en algún lugar celeste”, hay una imagen primordial de la madre, superior y preexistente a todo fenómeno de lo “materno” (en el más amplio sentido de la palabra.”[2] En conclusión, los arquetipos son formas vacías heredadas e innatas que se encuentran presentes en el inconsciente colectivo y se relacionan con experiencias comunes a toda la humanidad,  como por ejemplo, el amor, el embarazo, la maternidad, el nacimiento, la infancia, la búsqueda, la vejez y la muerte. Jung decía que se hereda la forma (o el molde) pero no el contenido, por lo tanto estos moldes  son rellenados por multitudes de imágenes personales. Ellos son los responsables  de que todo ser humano, pueblo, nación de este tiempo y de todos los tiempos posea la imagen prefigurada del ánima, la madre, el héroe, etc. Por este motivo en todas las culturas existen mitos relativos a la gran madre, al héroe o a la diosa.

Aclarado el mal entendido, ahora podemos distinguir entre arquetipo (la idea previa al fenómeno madre) e imagen arquetípica o símbolo (nuestra propia representación del arquetipo). Por ejemplo; el arquetipo madre como ya observamos, es universal y nos remite a  una cantidad muy grande de aspectos y símbolos; la matriz, la luna, la fertilidad, el engendramiento, el nacimiento, el bosque, la cueva, la fuente, etc., y su función simbólica es la de protección, refugio, nutrición. Sin embargo el arquetipo de la madre universal puede adquirir diferentes tintes, un sentido positivo, negativo o ambivalente. En parte esto dependerá de la experiencia con la propia madre, la abuela y todas las figuras maternas que hayan rodeado al infante, aunque desde la perspectiva astrológica también podemos afirmar que existe cierto patrón que se constela previamente a esas experiencias. Habrá entonces cierta disposición innata a organizar, leer subjetivamente y filtrar la realidad en función de la propia imagen arquetípica del arquetipo madre, del arquetipo padre, etc., y esto hará que se detone en cada uno los símbolos relativos a esa experiencia interna.

Además, conjuntamente con la propia disposición innata, la sumatoria de situaciones personales para con ese arquetipo provoca zonas sensibles que reaccionan emocionalmente ante determinadas situaciones de vida. A esta aglutinación de contenidos psíquicos se los denomina complejos. Los complejos son inconscientes, se encuentran cargados de emoción y funcionan de manera autónoma. Son aquellos que nos conducen a cometer un acto fallido, o a decir justamente aquello que pretendíamos callar. Jung los denominó “astillas de la psique” ya que mientras no reconocemos su poder, crean neurosis diversas complicando nuestro bienestar psíquico.

¿Por qué es primordial hacer consciente los arquetipos y desactivar el poder de los complejos? 

Jung afirmaba que la mayoría de las personas están al tanto que poseen complejos pero desconocen que éstos las poseen. En efecto, lo que sucede es que cuanto más inconscientes son estas imágenes primordiales, mayor es la libertad de acción de la cual gozan para poseernos. Entonces, aunque creemos que actuamos libremente lo hacemos subyugados por ellas. Generalmente nos percatamos de esto recién cuando logramos salirnos  del patrón. Mientras permanecemos tomados por nuestros complejos,  sin siquiera percibirlo, y en este estado de inconsciencia, la trama arquetípica nos toma, nos fascina y tiñe la mayor parte de nuestras acciones y opiniones perpetuando el hechizo una y otra vez. De este modo, atrapados por aquel imán, permanecemos en un estado de adormecimiento en el cual perdemos contacto con el origen real de nuestra alma.

Además, el psiquiatra suizo sostenía que cuando la personalidad es pequeña se torna más indefinida e inconsciente, hasta confundirse con la sociedad. Así su propio carácter perece y se disuelve en la totalidad del grupo. Señala además que en este caso la voz interior es reemplazada por la voz de la sociedad y sus conveniencias y el destino es sustituido por las necesidades colectivas. Desactivar el poder que emana de estas imágenes primordiales implica hacer conciente los patrones de conducta colectivos, los cuales aunque cargados con nuestros propios contenidos,  guían sin que lo percibamos nuestro acontecer cotidiano.

Aunque a veces encarnamos los arquetipos, también solemos proyectarlos como si transmitiéramos una película sobre la pantalla adecuada. Esta pantalla puede ser una persona o bien una situación colectiva.  En general la persona o contexto es idealizado o despreciado drásticamente (dos reacciones extremas que suelen dar indicio de una proyección)  Esto se debe a que la mayoría de nosotros excluimos aquellas facetas de nuestra personalidad que más nos disgustan identificándonos con aquellas partes más conocidas y aceptadas (por nosotros mismos y por los demás).

Asimismo las imágenes arquetípicas pueden presentarse en sueños o fantasías y a través de diferentes manifestaciones artísticas (escritura, danza, pintura, etc.) En la antigüedad las encontrábamos en los mitos, actualmente los hallamos  personificados en el cine, la literatura y la publicidad.  Jung consideró al análisis de los sueños y  a la expresión creativa, el mejor modo de abordar y hacer conciente las imágenes arquetípicas, ya que ambos son una vía hacia el  inconsciente.

La carta natal  y los complejos 

Como expresé anteriormente, la carta natal es la representación simbólica del patrón que se constela aún previamente a la experiencia. Esto implica cierta disposición innata a filtrar la realidad en función de la propia estructura. Asimismo, el mandala astrológico es un mapa que incluye la totalidad de la experiencia del ser, sin embargo la conciencia unilateral y separada del inconsciente, “elige” ciertas partes en detrimento de otras. Así se conforman los complejos o las “partes escindidas de la psique”, como los denominaba Jung.

En la entrevista astrológica el astrólogo con orientación junguiana logra localizar y revelar al entrevistado, todas las partes integrantes de la psique. El valor de la astrología radica justamente en la rápida identificación de los posibles complejos, pero pese a poseer un excelente mapa de ruta y un espejo fidedigno del ser, el consultante debe  abocarse voluntariamente a una compleja y larga tarea  que supone la desidentificación de los moldes colectivos y la asimilación e integración de la personalidad total. A este  proceso Jung lo denominó proceso de individuación. El astrólogo, junto con el psicólogo posee la función de asistir al consultante durante este proceso, sobre todo en la comprensión y aceptación de las diferentes fases (ciclos, tránsitos y revoluciones).  Es posible que con el tiempo y luego de atravesar algunas etapas, el consultante  vaya descubriendo además que su centro ya no es más el Yo, sino un punto virtual entre el consciente y el inconsciente, el Sí mismo. Se trata de un centro que es incorruptible aunque nunca es estático, ya que los tránsitos planetarios activan el mandala haciendo circular la energía por sus diferentes partes.

Carl  Jung lo explica muy claramente a través de una carta que recibe de una paciente: “Hace poco, recibí una carta de una antigua paciente, que describe con palabras sencillas pero justas la trasposición necesaria:

“De lo malo me ha venido mucho bueno. El mantenerme calma, no reprimir, estar atenta, y al mismo tiempo aceptar la realidad -las cosas como son, y no como yo las querría- me ha procurado un raro discernimiento, y también fuerzas pocos comunes, que antes ni siquiera hubiera podido imaginar. Pensaba yo siempre que, si se aceptan las cosas, la abruman a una de alguna manera; ahora bien, esto no es de ningún modo así, y sólo al aceptarlas puede adoptarse una posición hacia ellas. De modo que jugaré ahora al juego del vivir, aceptando lo que cada vez me traen el día y la vida, bueno y malo, sol y sombra, que constantemente cambian, y así acepto también mi propia naturaleza con su positivo y negativo, y todo se hará más viviente. ¡Qué tonta era! ¡Cómo he querido forzar todo según mi cabeza!”[3]

En conclusión, la carta natal y todo lo que ella presupone con sus tránsitos y revoluciones, revela nuestros patrones, posibles complejos y la trama arquetípica a partir de la cual “leemos la realidad”; no obstante es importante explorar los símbolos en forma vivencial si deseamos individuarnos y emerger del hechizo de los arquetipos. Esto conlleva prestar debida atención al inconsciente (anotando los sueños, explorándolo con imaginación activa, a través de manifestaciones artísticas, o atendiendo a nuestros actos fallidos)  “El espíritu no vive de los conceptos, sino de los hechos. Las meras palabras no sirven para nada, lo único que se logra es repetir este proceso hasta el infinito.”[4] Además, tal  como dijera Marie L. Von Franz, discípula de Jung, el proceso de individuación  se torna real cuando se expresa en las acciones de la persona en el espacio y en el tiempo.

Nota publicada en la Revista Uno Mismo de Mayo 2012. Todos los derechos reservados. Autora Bárbara Levis Stewart. Prohibida su reproducción sin citar fuente y autor.

[1] Carl G. Jung. Arquetipos e inconsciente colectivo

[2] Carl G. Jung. Arquetipos e inconsciente colectivo

 [3] Carl Gustav Jung, Richard Wilhelm. El secreto de la flor de oro

 [4] Carl Gustav Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos

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