La inflación del Yo

Es importante  mantener una conexión con el “misterio” ya que muchas veces es nuestro inconsciente quien nos proporciona la solución a un problema, que bajo la sola  base de la razón o el pensamiento jamás se nos hubiera ocurrido.

Hoy el término inflación es de popular conocimiento principalmente en relación a la economía de un país. Generalmente se entiende por inflación a un incremento general de precios y a una pérdida del poder de compra, al crecer los precios  por encima de la tasa salarial. De forma similar al fenómeno económico, la inflación del yo en psicología hace alusión a un crecimiento desproporcionado de una parte en detrimento de otra, ya que cuando un Yo está hinchado, también pierde. Pierde discernimiento, razonamiento, y fundamentalmente pierde consciencia porque se encuentra fascinado por sí mismo. Paradójicamente como dice Jung, es una pérdida de consciencia por el consciente, es decir, el yo cree ser quien conduce. “La inflación, como estado de soberbia, ocasiona que se esté demasiado «arriba», por decirlo así.” [1]  Un consciente hinchado es siempre egocéntrico y sólo tiene conciencia de su propio presente. Es incapaz de aprender del pasado; incapaz de comprender lo que ocurre en el presente, e incapaz de extraer conclusiones acertadas para el futuro. Está hipnotizado por sí mismo y por tal causa no admite interlocutores ni se puede razonar con él. Por tal motivo, está sujeto a catástrofes que le destrozarán en caso necesario.”[2] Esta última afirmación, que así expresada suena exagerada, no lo es. Y no se trata de un castigo divino sino de una bendición que además de compensar nuestra  actitud, nos conduce a crecer, evolucionar y a re significar nuestro sentido de identidad.

Este fenómeno es arquetípico, es decir, común a toda la humanidad, y nadie suele estar exento de él. Los griegos lo denominaron hybris; en su mitología varios de sus dioses o semi-dioses la padecieron y también los mortales que iban más allá de los límites humanos eran abatidos por ellos. En la mitología griega un claro ejemplo de hybris fue Faetón, quien alardeaba con sus amigos de que su padre era Helios, el Dios Sol. Al ser tratado de mentiroso, Faetón acudió a Helios para pedirle que le permitiera conducir su carruaje. El Dios conociendo a su hijo, al principio no quiso acceder a su pedido, sin embargo éste fue tan insistente que terminó por convencerlo.

Cuenta el mito que un día Faetón, subido al carro de su padre perdió el control. Primero giró demasiado alto, de forma que la tierra se enfrió. Luego bajó demasiado, y la vegetación se secó y ardió. Finalmente convirtió accidentalmente la mayor parte de África en desierto, quemando la piel de los etíopes hasta volverla negra. Al ver el desastre que había ocasionado, Helios pidió ayuda a Zeus para detener a su hijo, quien finalmente murió ahogado por el efecto del rayo de este Dios. Quizás el ahogamiento en este mito se refiera no solo a un castigo divino, sino también a la necesidad de retornar a las aguas del inconsciente, es decir, comprender que existen contenidos que no pertenecen a la personalidad del yo. En esta oscuridad, en el encuentro con nuestra parte más primitiva y próxima a la naturaleza, solo allí puede salir a la luz lo reprimido.

¿Cuándo, y por qué nos encontramos con hybris?


      Tal como afirmara Jung, todo aumento de consciencia implica el riesgo de una inflación”. ¿Por qué?  Según Marie Louise Von Franz[3] cuando el consciente destruye al inconsciente con sus teorías, eso significa una inflación de la conciencia.  “El conocimiento puede envenenar o sanar, es una cosa o la otra, y por eso algunos mitos dicen que el co­nocimiento trae la corrupción del mundo y otros que el conocimiento redime.” [4] Se trata de una paradoja; si bien el conocimiento es parte de la evolución del ser humano, a medida que nos apartamos de nuestra parte instintiva, y nos convertimos en seres más racionales, no solo nos alejamos de nuestro pasado más animal, sino también de nuestra verdadera esencia o alma. La inflación del Yo puede producirse entonces en cualquier figura que ostente alguna clase de poder o conocimiento; un político, un profesor, un terapeuta, el director de una institución, etc., aunque al ser un fenómeno arquetípico, todos los mortales somos propensos a caer en esta deformación.

En el caso de un terapeuta o profesor por ejemplo, hybris puede manifestarse cuando uno de ellos hace algún comentario a su alumno o paciente y luego éste refiere que sus palabras fueron como una verdad revelada. Si el profesor o terapeuta cree lo que el otro le devuelve como imagen y no es lo suficientemente humilde para admitir que posiblemente esa “idea” provino de un lugar desconocido, entonces habrá caído en la inflación. Es importante entonces mantener una conexión con el “misterio” ya que muchas veces es nuestro inconsciente quien nos proporciona la solución a un problema, que bajo la sola  base de la razón o el pensamiento jamás se nos hubiera ocurrido. Asimismo la experiencia directa con lo numinoso (lo divino, lo sagrado, lo fascinante y misterioso) también puede producir una inflación. En este caso el Yo se identifica con el Sí mismo (la Imagen arquetípica de totalidad) y cree poseer el conocimiento absoluto.

         Hybris es nuestro mayor enemigo si deseamos evolucionar pero a veces una instancia casi imprescindible para volver a recuperar nuestro equilibrio interno. Lo primordial para tomar consciencia de este estado entonces, es percatarnos por cuanto tiempo nos distraemos con el carro Solar del padre,  sin advertir que muy lejos de alcanzar sus poderes, estamos prontos a caer en aguas profundas (un paso necesario y compensatorio).

Hybris y la carta natal

La carta natal como mapa energético de las personas revela entre otras cosas sus rasgos de personalidad. Existen ciertos signos y emplazamientos planetarios que pueden anticipar una tendencia más acentuada hacia padecer de inflación o hybris. Por ejemplo; un claro indicativo podría ser un Sol, Júpiter o Marte en el signo de Leo o en la primera, quinta, décima o doceava casa. No es casual que el padre de Faetón fuera Helios (el Dios Solar). También un Júpiter en aspecto duro al Sol o a Marte. Incluso un Plutón en aspecto al Sol o en la décima o doceava casa podría arrastrar al individuo a creerse Dios y ostentar el poder “absoluto” que emana de la falsa creencia colectiva en una Divinidad omnipotente.

No obstante, la carta natal es una combinación de varias variables que se entrecruzan y además en ella no es posible hallar el estadio evolutivo en el que se encuentra la persona. De esta evolución depende en gran medida que el individuo pueda mantener  un sano equilibrio entre su yo y el inconsciente y por consiguiente con los demás. Como dice M. Louise Von Franz, la inflación es un síntoma de funcionamiento injusto, ya que el individuo deja de funcionar de acuerdo con su propia naturaleza. La carta natal es justa, en tanto y en cuanto es un reflejo de nuestra esencia más profunda, sin embargo ocurren deformaciones propias de nuestra ignorancia. Por consiguiente podríamos afirmar que la vía hacia el Sí mismo (nuestra totalidad), es el simple pero tan profundo aforismo griego “Conócete a ti mismo”, una consigna con la que sin duda colabora la astrología.

 La inflación como fenómeno colectivo

       Pero la inflación no es un fenómeno únicamente personal. Hoy en día y desde hace ya algunos años nos encontramos en una era de manifestación colectiva de inflación. La humanidad se ha convertido en una máquina sin alma que lo único que desea es saciar su deseo de placer y bienestar inmediato.  La razón, la ciencia y todo lo que deriva del Yo se encuentra sobre valorado. Incluso muchas de las nuevas terapias ni siquiera mencionan la palabra inconsciente. La voluntad parece prevalecer por sobre los designios del espíritu.  Sin embargo, como toda fuerza llevada a un extremo se transforma en su contrario, el “estar demasiado arriba” tarde o temprano compensa con un movimiento hacia abajo el cual nos induce a encontrarnos con lo que dejamos afuera, primero como individuos y luego como sociedad. Así lo explicaba Carl Jung en la época en la cual Europa ya había atravesado por la gran guerra:  “Cuando el destino presentó a Europa durante cuatro años una guerra de grandiosa monstruosidad, una guerra que nadie quería, nadie, por decirlo así, se preguntó quién había originado realmente esta guerra y quién la proseguía. Nadie tuvo en cuenta que el hombre europeo estaba poseído por algo que le privaba de toda capacidad de decidir con libertad. Este estado obseso e inconsciente avanzará sin detenerse hasta que el europeo tenga alguna vez “miedo de su semejanza a Dios”. (…) Cierto que lo que encontramos en este aspecto no es algo que se pueda mostrar a las masas, sino siempre un algo escondido que uno mismo se coloca delante en silencio. Y son los menos los que quieren saber de esto, pues resulta mucho más cómodo anunciar los miles de restantes remedios que lo curan todo —pero que uno mismo no necesita aplicarse.” [5]

         Quizás contrariamente a Faetón, debamos tener cierta humildad  ante Dios o “miedo de nuestra semejanza a Dios”. ¿Qué quiere decir esto? Pues bien, recordar que somos seres con alma y que ésta posee designios que se encuentran incluidos dentro de un plan mayor o transpersonal, muchas veces misterioso y desconocido para nosotros. Como dijo Carl Jung, tener un alma, esa es la aventura de la vida.

[1] Carl G. Jung. Psicología y Alquimia

[2] Carl G. Jung. Psicología y Alquimia

[3] Marie L. Von Franz. Analista Junguiana y discípula directa de Carl Jung

[4] Marie L. Von Franz. Alquimia. Introducción al simbolismo

[5] Carl G. Jung. Psicología y Alquimia

Nota publicada en la Revista Uno Mismo en Noviembre 2012. Prohibida su reproducción sin citar fuente y autor

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