Una visión transpersonal

Toda persona nacida con uno o más planetas en la casa doce, posee un diamante. El trabajo a realizar es sin duda titánico, arribar al núcleo, al centro de ese diamante y desde allí contemplar todas sus facetas sin sucumbir al encanto de sus múltiples reflejos. Esto implica desactivar los patrones colectivos que guían sin conciencia alguna su acontecer.

Según algunos astrólogos actuales y sin duda para la astrología medieval, la casa doce era considerada una casa desgraciada. Ellos informaban, a sus consultantes lo terrible que sería su destino si encontraba uno o más planetas situados en esta casa, sobre todo si estos estaban mal aspectados. Era un tiempo en el cual por supuesto, no existía aún la noción del inconsciente y mucho menos del inconsciente colectivo postulado por Carl Jung. En esta esfera del zodíaco se encontraban antiguamente los enemigos ocultos, el encierro, la reclusión, los miedos, las enfermedades, las posesiones demoníacas, etc. Se trataba en definitiva de una casa oculta, desconocida, inexplorada y, por consiguiente, cargada de misterio e incomprensión.

Aquello que carecían los antiguos astrólogos y por ende nuestros antepasados, era de una visión que trascendiera el pensamiento causal y se adentrara en la sincronicidad. A diferencia de la causalidad, en donde existe una separación entre los hechos psíquicos y físicos, y por consiguiente el destino y los planetas son fuerzas externas estáticas completamente inmodificables; los eventos sincronísticos refieren a un pensamiento a-causal en el cual ambos campos se encuentran unidos, pero ya no desde una perspectiva pre personal (como en la antigüedad) sino desde una transpersonal.

Hoy, sabemos que una visión únicamente causalista solo puede provocar proyecciones diversas o una identificación inconsciente, ya sea un chivo expiatorio, o un Yo inflado que cree ser la encarnación del arquetipo. Y esto explica por qué en el pasado, la casa doce era considerada un ámbito de desgracia y dolor. Asimismo, gracias a los aportes de Jung y otros referentes de la psicología transpersonal, advertimos que cuando la conciencia se amplía haciéndose eco de la unidad, (arquetipo) que subyace bajo la escisión (complejos e imágenes personales), este ámbito de experiencia se convierte en un escenario en el cual los opuestos también pueden reconciliarse. De este modo, para quien se abre a lo universal y divino, esta casa contiene un verdadero tesoro, una fuente de sabiduría que nunca se agota.

Una paradoja

El ascendente siempre ha sido considerado como el ámbito asociado al nacimiento. Se trata a nivel astrológico del punto de ascenso, así como en el descendente representa el ocaso o descenso. Debido al movimiento de rotación de la tierra, la casa doce sucede inmediatamente a la casa uno y luego prosigue en su recorrido hacia el punto más alto. No obstante a nivel simbólico la casa doce es interpretada, como ya observamos, como un escenario en el cual el Yo está diluido, disuelto en las vivencias colectivas y por ende adherido al universo de los arquetipos. ¿Cómo puede ser entonces que luego del nacimiento se suceda una experiencia tan velada y a la vez tan luminosa? Karen Hamaker Zondag, en su libro “La casa doce”, reflexiona acerca de esta extraña y aparente contradicción, y expone un punto de vista muy acertado a mí parecer. Quizás el paso de la casa uno a la casa doce, nos recuerda que somos parte de un ámbito más vasto que el personal.

Al nacer, nuestro Yo aún no se encuentra debidamente conformado y somos apenas parte de un camino a recorrer, desde la etapa mítica o pre personal, hasta desarrollar un Yo. De niños somos seres indefensos y dependientes de nuestros progenitores o entorno y absolutamente sensibles y vulnerables al inconsciente de quienes nos cuidan. Paradójicamente es por vía de esa conexión inconsciente y sus derivaciones futuras, que logramos percibir nuestra herencia familiar inconsciente, -secretos familiares, deseos no cumplidos talentos ocultos-, y posteriormente nuestro legado universal, el inconsciente colectivo.

Aunque el concepto de inconsciente colectivo y a la trascendencia del Ego se asocia con la casa doce, como ya observamos, esta casa gira en sentido inverso y alude al momento inmediato que sigue al nacimiento. Es por este motivo que también representa al estadio pre personal, a la etapa que va del nacimiento hasta los cinco o seis años de edad, pero también a un estadio evolutivo del ser humano. En esta condición, el ser humano “(…) es afectado mágicamente por incontables hombres, cosas y circunstancias, o sea, incondicionalmente influido; está colmado casi tanto de contenidos perturbadores como el primitivo”. (Carl Jung – Richard Wilheim. El secreto de la flor de oro.) Cree ser libre y capaz de discernimiento y sin embargo se encuentra inconscientemente poseído e influenciado por complejos que dominan su vida entera. En el estadio transpersonal, por otro lado, se logra alcanzar un nuevo nivel de conciencia que incluye y a la vez supera al estadio personal o del Yo.

Esta paradoja entre el estadio pre personal y el transpersonal y entre la simbología del signo de Piscis y el movimiento de casas, es quizás una de las razones por la cual en este escenario existencial, nuestras vivencias y percepciones se corresponden con todo el espectro simbólico referido a un arquetipo. Su aspecto positivo, negativo y también ambivalente, o el aspecto instintivo y organizador del arquetipo, o sea la esfera infrarroja como ilustró Carl Jung, y el aspecto intelectual, imaginal, espiritual, la esfera ultravioleta. Por este motivo entonces, la energía de esta casa debería ser entendida entonces, -al menos en su fase inicial-, siempre como un juego entre polos opuestos. Por ejemplo en el caso de un Marte en doce; el proceso de la casa doce incluye tanto al violento, como a un activista de la no violencia. Así, una persona con este emplazamiento, podría abarcar estas dos experiencias o percepciones frente a la
violencia a lo largo de su vida.

La sabiduría del inconsciente

Toda persona nacida con uno o más planetas en la casa doce, posee un diamante. El trabajo a realizar es sin duda titánico, arribar al núcleo, al centro de ese diamante y desde allí contemplar todas sus facetas sin sucumbir al encanto de sus múltiples reflejos. Esto implica desactivar los patrones colectivos que guían sin conciencia alguna su acontecer. Durante este proceso (individuación), no solo se trasciende el hechizo arquetípico, además se supera la idea de separatividad, ya que se reconcilian los opuestos. Pero para que esto acontezca, el individuo debe desentenderse de toda finalidad intencionada, aceptar el factor desconocido y adentrarse en su inconsciente. Si la persona logra tocar ese núcleo, el centro de la personalidad no es más el Yo, sino el Sí mismo, la imagen arquetípica del hombre íntegro, de la totalidad, una magnitud que comprende no sólo la psique consciente, sino también lo inconsciente. Al contactar entonces con ese centro mediador, la casa doce se abre como un manantial de sabiduría, un pozo de agua del cual beber y también ofrecer a los sedientos.

De este modo descubrimos uno de los dones principales de esta casa: el servicio. Por mediación del inconsciente personal, abrimos un canal hacia el inconsciente colectivo. Conectamos con las fuerzas colectivas pero ya no permanecemos adheridos a ellas. Nuestra identidad ya no es fija, está en constante movimiento. Paradójicamente, nos convertimos en verdaderos individuos. El pozo de agua se transforma en una vertiente de montaña que baja desde lo más alto desembocando en arroyos, y canales, proveyendo el líquido precioso a aquellos que lo precisen. Este puede ser el caso de un terapeuta, un artista, un escritor, un gobernante, un activista social, un educador, o un simple ser humano que no se rige únicamente por los dictados de su Yo, porque ha estado en contacto con su sombra, con la sabiduría de su inconsciente, dando lugar así a lo numinoso y trascendente, al plan divino que todos llevamos dentro.

En conclusión, el camino de toda persona con planetas en la doce es de orden arquetípico. Las experiencias se asemejan mucho al camino del héroe (descrito por Joseph Campbell): Llamada- Rechazo a la llamada- Encuentro con el mentor o ayuda sobrenatural- Cruce del primer umbral– Pruebas- Resurrección del héroe– Regreso con el elixir- para ayudar a todos en el mundo ordinario. En este sentido todos de alguna manera u otra podemos ser invitados a emprender este viaje, pero quienes poseen planetas en la casa doce están destinados a oír una y otra vez el llamado del espíritu. Un llamado que si es rechazado provoca dolor y confusión, pero si es atendido promete verdadera gnosis.

Nota publicada en la Revista Uno Mismo de Junio 2017. Todos los derechos reservados. Autora Bárbara Levis Stewart. Prohibida su reproducción sin citar fuente y autor.

 

 

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